Domingo II del T. O.:  GLORIFICADOS A LOS OJOS DE DIOS.

Isaías no deja de sorprendernos, por su profecía y por su mirada única: “ahora dice el Señor,
el que me formó desde el vientre como siervo suyo, he sido glorificado a los ojos de Dios. Y mi Dios era mi fuerza: «Es poco que seas mi siervo… Te hago luz de las naciones”
. Isaías nos ayuda a mirarnos de un modo diferentes: concebidos y amados por Dios desde el seno materno, cuando aún no teníamos ni tan siquiera rostro. Cuando no podíamos pensar ni articular una palabra, ahí ya éramos amados. Y ahí ya fuimos elegidos como siervos de Dios, colaboradores suyos. “He sido glorificado a los ojos de Dios”, Él me mira y se enorgullece, ve solo mi valor, mi buen fondo, mis valores, los dones valiosos que puso en mí. No tiene la mirada del mundo que juzga y critica sobre todo, que humilla y te impone cánones standard de cuerpo, de currículo o de ideas de moda. Dios nos mira y con su mirada nos devuelve la inocencia y todo nuestro valor. ¡Qué maravilla si pudiéramos tener esa mirada sobre nosotros y sobre los demás! Seríamos mucho más felices.

Salmo 39, un salmo para hacer vida: “Yo esperaba con ansia al Señor; él se inclinó y escuchó mi grito. Me puso en la boca un cántico nuevo, un himno a nuestro Dios. (…) Tú no quieres sacrificios ni ofrendas, entonces yo digo: «Aquí estoy» para hacer tu voluntad”. Creemos en un Dios que escucha nuestros gritos de angustia, dolor y cansancio. Pero nos ayuda a la vez a tener un cántico nuevo, no nos victimiza, no nos instala en el dolor. Nos llama a salir de ahí y aprender a alabar y agradecer. Nos regala tener también una mirada de esperanza sobre el mundo. El creyente que se sabe redimido -y no teme jamás ser condenado- vive en el gozo profundo, su vida está en manos de Dios. Con lo cual lo mejor que puede hacer es ofrenda de su vida: buscar hacer lo que Dios quiere, su voluntad. No nos buscamos a nosotros mismos, nuestro éxito o gloria, que siempre es engañosa y fugaz, y tantas veces inútil y vacía. Buscamos brillar con la luz de Dios, cumplir su proyecto sobre nosotros y sobre el mundo, que está lleno de Sabiduría y de Salvación. Nos preguntamos: ¿Soy capaz de salir de mi dolor y autocompasión y cantar el canto nuevo al que Dios me invita? ¿Me aferro a mis luchas y proyectos o las contrasto con la fe y las discierno? ¿Me veo y acepto como instrumento valioso de Dios, siervo, amigo y colaborador suyo?

Evangelio de Juan: “al ver Juan a Jesús que venía hacia él, exclamó: «Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Este es aquel de quien yo dije: “Tras de mí viene un hombre que está por delante de mí, porque existía antes que yo”. Juan Bautista solo tiene una preocupación: que sus discípulos acepten y sigan a Jesús. Que dejen de seguirle a él, que ya ha cumplido su misión, y empiecen a seguir a Jesús, el Hijo de Dios sobre quien ha descendido el Espíritu, y sobre quien él da testimonio. Juan Bautista nos invita ser buenos discípulos. A no perder de vista al Maestro, Jesús, y seguirle, caminar detrás de él. Aprendiendo cada día y en cada momento su sabiduría. El mensaje de Dios llega a raudales en Jesús, ojalá nuestra vida lo sepa y lo valore realmente y estemos dispuestos a acoger y dejarnos transformar por este mensaje salvador. No basta que lo sepamos mentalmente y repitamos de boquilla. Volver el corazón a Dios es el verdadero reto. Que yo afronte cada día de mi vida, cada momento de oración, como un cuaderno en blanco sobre el que dejo que Dios escriba su historia de Gloria, belleza, verdad y bendición. Somos tu obra de arte, Señor, aunque nos olvidemos tantas veces. Ayúdanos a recuperar esta conciencia.

Víctor Chacón, CSsR