Domingo I de Cuaresma: Devuélveme la alegría de tu salvación, ¡proclamaré tu alabanza!

Génesis: “El Señor Dios modeló al hombre del polvo del suelo e insufló en su nariz aliento de vida; y el hombre se convirtió en ser vivo (…) Cuando comieron del fruto se les abrieron los ojos a los dos y descubrieron que estaban desnudos; y entrelazaron hojas de higuera y se las ciñeron”.
El don más grande que el ser humano ha recibido, su libertad, es lo que hace posible su perdición. La grandeza y la debilidad del ser humano son idénticas. Somos capaces de elegir a Dios y de rechazarle. Esta capacidad de resistencia a la voluntad de Dios es el reverso necesario de la posibilidad del amor auténtico. Hay un poema vasco sobre un pájaro que es bastante elocuente: “Si le hubiera cortado las alas, habría sido mío, pero habría dejado de ser pájaro; y yo, lo que amaba, era el pájaro”.
Para llegar hasta sí mismo, el ser humano necesita madurar, necesita tiempo. Y la maduración, el aprendizaje, requiere confianza, fe en el educador. En la tierra el ser humano siempre se relaciona con Dios por medio de la fe. Y en esto consiste el pecado: un acto contrario a la fe en Dios, un dejar de fiarme de Dios y creer que yo, por mí mismo, voy a encontrar caminos mejores y de plenitud. Adán que estaba llamado a fiarse de Dios, se fio de la serpiente (Texto tomado de M. Gelabert, ¿Cómo hablar hoy del pecado original?).

Salmo 50: “Devuélveme la alegría de tu salvación, afiánzame con espíritu generoso. Señor, me abrirás los labios, y mi boca proclamará tu alabanza”. Fuimos hechos para la alabanza y para el gozo que nace de la salvación de Dios, de estar a su lado. Pero tenemos mala memoria y se nos olvida. Y nos perdemos por otros caminos lejos de Dios. Y nos enredamos en la culpa. Y nos alejamos más aún porque una religión que solo me hace sentirme mal no aporta nada bueno. Hemos errado el discurso de fe… lo hemos alejado del gozo, de la alegría de la salvación, de su gracia y su espíritu que siempre nos habita. Su huella en nosotros no se borra ni se pierde. Hace poco escuchaba esta reflexión interesante: en tiempos de Jesús, en su lengua hebrea, la palabra pecado significaba simplemente “error”, “equivocación” y no culpa. La culpabilidad no entraba en esto. Hemos cargado tanto las tintas en la culpabilidad, nos hemos sentido tan indignos, tan impuros, tan desgraciados (literalmente sin gracia divina)… que nos hemos autoarrojado a nosotros mismos lejos de Dios, de su gozo y su salvación. Esta predicación moralista y culpabilizadora ha alejado a muchos hermanos, a mucha gente buena de sentir la fe en Cristo como algo bueno, digno, noble y sanador. Hay que corregirla y aprender bien la lección. Dios no quiere que te culpabilices ni te martirices, sino que no te despistes y endereces tus caminos a Él. Vuelve a la alegría de su salvación.

Mateo y las tentaciones, me quedo con las respuestas de Jesús al tentador: «Está escrito: “No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”». «También está escrito: “No tentarás al Señor, tu Dios”». «Vete, Satanás, porque está escrito: “Al Señor, tu Dios, adorarás y a él solo darás culto”». Tres tentaciones básicas y fundamentales: el placer egoísta (satisfácete a ti mismo); la tentación del ego (eres importante, Dios te cuida, así que tírate) y la tentación del poder y la ambición (todo esto te daré…). Jesús no cae en ninguna, porque no entra en la lógica del demonio (del divisor). Él permanece unido a Dios, su Padre, y posee otra gramática distinta. El modo de pensar que nace de la fe, de la Palabra de Dios y de buscar ante todo cumplir su voluntad en la tierra.

Aceptar la lógica de la fe, de una religiosidad sincera y profunda, supone: aceptar que mi propia satisfacción o comodidad no puede ser el objetivo de mi vida. No he venido aquí a pasarlo bien solo (tampoco a pasarlo mal), mi vida ha de ser entrega y servicio de los demás siguiendo a Jesús. Por eso no busco solo mi pan, ni mi ropa de marca, ni mi obsesión por la comida rica o viajes de ensueño…
Para vencer la tentación del ego, como creyente, me recuerdo mi propia condición frágil y por eso pido perdón con frecuencia, soy muy consciente de mi capacidad de dañar a otros, apartarme de Dios y dañarme a mí mismo. No me dejo de llevar por los cantos de sirena ni por los aplausos. Tengo aciertos y errores en mi vida, como todo ser humano. No soy más, tampoco menos. Solo soy un hijo de Dios. Un pecador bendecido y amado en su pequeñez. Tenemos un precioso camino de sanación y reconciliación con nuestra pequeñez en Cuaresma, aprovechémoslo. Somos invitados al gozo de su salvación. A cantar de nuevo la alabanza de Dios por su bondad y su amor, por la gracia que nos da y que jamás se aparta de nuestra vida.

Víctor Chacón, CSsR