Domingo II de Cuaresma: AGUARDAMOS AL SEÑOR, SU MISERICORDIA QUE RECREA NUESTRA VIDA.

 

Génesis: “el Señor dijo a Abrán: «Sal de tu tierra, de tu patria, y de la casa de tu padre, hacia la tierra que te mostraré. Haré de ti una gran nación, te bendeciré, haré famoso tu nombre y serás una bendición”. La historia de Abrahán es la de un migrante, que, para ganarse la vida, tuvo que ser nómada y moverse con el ganado de su suegro Jetró. La fe en Jesucristo nos pide también ser nómadas, no vivir muy instalados como si siempre fuéramos a estar aquí, en este mundo. Como si no hubiera un más allá. Ahora se habla de “salir de la zona de confort” o de “autoliderazgo”, son distintos nombres para la conversión cristiana. Los deseos de tener un corazón más auténtico y libre, que no cargue con fardos pesados y pasados. Decía santa Teresa que, las almas que están en las terceras moradas tienen una gran dificultad: ya hacen obras buenas y rezan. “tienen en mucho sus obrillas” y como ya están contentos de sí mismos, no admiten correcciones. Tienen una gran capacidad de autojustificarse y les encanta que les den la razón. Y claro, así, es muy difícil que avancen o crezcan, porque no sienten que deban cambiar nada. Solo la humildad y el abrirse a la gracia les puede ayudar.

Salmo 32: “Nosotros aguardamos al Señor: él es nuestro auxilio y escudo. Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti”. ¿Quiénes somos los creyentes? Los que esperan en la misericordia del Señor. Los que aguardamos al Señor. Sabemos que no hay salvación auténtica fuera de él. Su compasión nos ayuda a sanar heridas, es bálsamo que cura, que nos recrea con su poder divino. Solo un Dios paciente podía ayudar a seres tan torpes y con tan mala memoria como nosotros. ¡Tan adictos a la piedra que nos hace caer y sufrir! Él pacientemente nos levanta -como lo hizo con la mujer adúltera-, nos sacude el polvo y cura las heridas, como hizo el Buen samaritano. En cada curación y perdón que recibimos tenemos la oportunidad de sentirnos amados por él. Cada eucaristía, cada confesión, cada momento de calidad dedicado a él, nos es devuelto multiplicado y potenciado con su gracia, con la efusión de su santa misericordia.

Evangelio de Mateo: “Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y subió con ellos aparte a un monte alto. Se transfiguró delante de ellos (…) una voz desde la nube decía:
«Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco. Escuchadlo»
. Jesús se lleva al círculo íntimo. A Pedro y a los hermanos Santiago y Juan. Estos presencian según los evangelios, ellos solos, 3 momentos: la curación de la niña muerta (Talita khumi), el momento de la oración en el Huerto de los Olivos tras la última cena y este momento de Gloria que es la transfiguración. No deja de sorprender que presencien de manera tan única momentos tan dramáticos de la vida de Jesús: su mayor agonía y dos revelaciones de su poder: la curación de la niña y esta manifestación de su gloria, del poder divino que latía en Jesús.

La voz de la nube, la voz de Dios ratifica a Jesús como su Hijo, como enviado suyo. Y pide solo una cosa: escucharle. Como creyentes solo se nos pide esto. Vivir de un modo que sea receptivo, acogedor con la palabra de Jesús. Mi vida, no solo mis momentos de oración o fe, toda mi vida ha de ir tomando forma desde el Evangelio, desde la enseñanza de Jesús. Desde un diálogo muy vivo y activo con sus palabras, que cada vez son más las mías. Los que se aman comparten un lenguaje propio, se comunican con frecuencia y eso hace que tengan un código similar. El Padre pide que tengamos esta comunicación intensa con Jesús, el hijo amado.

Jesús se acercó y, tocándolos, les dijo: «Levantaos, no temáis». Jesús los despierta del sueño, del temor ante aquella escena divina. Y me encanta que Jesús borra rápidamente toda distancia y no deja a los discípulos pensar: “ay Dios mío, no podemos tocar a Jesús porque somos indignos, somos impuros, jamás nos acercaremos sin hacerle reverencia…”. Jesús les toca a ellos y borra toda distancia. Y es como si les dijera: “venga muchachos, que sigo siendo yo, el de siempre”. Poneos en pie y vámonos con el resto.

Jesús desea entrar en contacto contigo, y que le escuches. Que acojas un mensaje de vida, de misericordia y salvación que va a cambiar tu vida para siempre. Pero eso solo ocurrirá si le abres tu corazón. Y te dejas hacer por Él. “Serás una bendición” como Dios dijo a Abrahán.

Víctor Chacón, CSsR