Domingo III de Cuaresma: Conecta con tu sed. Adorar en espíritu y verdad.

 

Libro del Éxodo: “El pueblo, sediento, murmuró contra Moisés, diciendo: «¿Por qué nos has sacado de Egipto para matarnos de sed a nosotros, a nuestros hijos y a nuestros ganados?»”. Cuando todo está más o menos en orden y hay prosperidad es más fácil creer. Pero el pueblo que camina por el desierto, con sed, se rebela contra Dios y contra Moisés. Y surge la duda: «¿Está el Señor entre nosotros o no?». Y es que en la dificultad se tambalean los cimientos de la bondad de Dios. Y hay golpes que resquebrajan mucho esa confianza en Dios. Es difícil digerir sin hacerse preguntas dolorosas ciertos sufrimientos que nos tocan a la raíz de la vida y del corazón.

Pero en el momento preciso Dios asiste, Él no abandona. Su esencia es ser Dios Misericordioso y Fiel. Él es el Compasivo. No puede no compadecerse, negaría su esencia. Por eso dice a Moisés: “coge el bastón y Yo estaré allí ante ti, junto a la roca de Horeb. Golpea la roca, y saldrá agua para que beba el pueblo”. Coge el bastón querido creyente, como Moisés, y apóyate en el bastón que Dios te da. En el bastón que es Dios.

Salmo 94 recuerda la misma escena y nos hace un llamamiento concreto: “Ojalá escuchéis hoy su voz: «No endurezcáis el corazón como en Meribá, como el día de Masá en el desierto; cuando vuestros padres me pusieron a prueba y me tentaron, aunque habían visto mis obras»”.

A veces se nos endurece el corazón. Como animal herido nos replegamos, nos encerramos en nuestra concha y huimos del mundo y de cualquier presencia… y olvidamos que fuimos y somos amados. Caemos en teñir nuestra historia de negro, de tristeza y de desesperanza como si ya nada tuviera sentido. Nos dejamos llevar por las emociones, demasiado y demasiadas veces. Hay que ponerle un poco de cabeza a tanto “corazón suelto con patas” como va por ahí. Que tan pronto ríe como llora. No hermano. Estás cimentado en Dios. Pisa suelo firme y no dejes que cualquier cosa te remueva o te desestabilice. Habita tu casa, posee tu vida, tu historia, mírate globalmente. No te midas por el último éxito o fracaso. Hay mucha vida, mucho amor, mucho esfuerzo y mucho cariño puesto en mí desde hace muchos años, para que yo ahora me sienta un fracaso y tire todo por la borda preso del pánico. Reconcíliate con Dios y con tu debilidad, con tus límites. Y no te ahogues en ellos. Ellos no son toda tu verdad, solo una parte. Eres fragilidad amada, bendecida y redimida.

Jesús y la samaritana. Precioso relato de un encuentro sanador. Me detengo en algunas frases. «¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?». Jesús rompe tabúes y estereotipos de su tiempo. No teme a nadie ni rechaza a nadie y es capaz de amar a todos. ¿Qué tal llevas tú esto del amor universal sin rechazar a nadie? No teme reconocerse sediento y necesitado ante aquella mujer de Samaría, aunque cualquier judío de su tiempo la hubiera rechazado o ignorado.

«El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna». Jesús se revela como salvador y Mesías a la samaritana. La imagen del agua le ayuda. Él viene a calmar la sed profunda de amor y de sentido que tiene cada ser humano. Pero no solo sacia la sed, sino que, esa agua que es Jesús, se transforma en surtidor (para otros) en nosotros. Dios no solo sacia tu sed, sino que ¡te hace fuente! Te ayuda a dar agua viva conectado a él. ¿Cómo anda mi conexión con Dios? ¿Qué estoy haciendo para cuidar mi fe? ¿Soy fuente? ¿Soy instrumento de Dios para saciar a otros? ¿o provoco más sequedad y heridas a mi alrededor?

“Se acerca la hora, ya está aquí, en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y verdad, porque el Padre desea que lo adoren así. Dios es espíritu, y los que lo adoran deben hacerlo en espíritu y verdad”. Los judíos y samaritanos de aquel tiempo no adoran precisamente a un Dios como Padre, sino a un dios que ellos mismos se han creado a su modo y manera; el dios que justifica sus odios y rencores. Esa religión, que muchas veces sigue siendo la dinámica de nuestras religiones actuales es un contra-Dios y anti-evangelio. No busca abrirse a Dios y dejarse llevar por Él y por su Espíritu, sino moldear a Dios a mis intereses, a mi conveniencia. Superemos esta manipulación. Rompamos las máscaras que nos atan y no nos dejan vernos ni amarnos pues tapan y deforman el rostro. La samaritana fue sanada al amar su verdad y reconciliarse con ella.

Víctor Chacón, CSsR