Domingo IV de Cuaresma: Dos hijos muy distintos y a los dos los quería el Padre inmensamente 

 

Dice Lucas en esta magistral parábola que “solían acercarse a Jesús todos los publicanos y pecadores a escucharlo. Y los fariseos y los escribas murmuraban diciendo: «Ese acoge a los pecadores y come con ellos»”. Jesús atraía a gente que no era de ir a la Sinagoga, es más, hasta allí estaba mal vista por ser pecadores, gente de mal vivir o de mala fama. Pero también acudía gente muy respetable, ilustres del pueblo. Estos acudían con cierta malicia porque no creían en él, pero iban a escucharle para rebatirle, para hacerle oposición. En la parábola está siempre presente esta tensión que ayuda a entenderla.  

La gente pecadora y perdida, los publicanos, se identifican bien con el hijo menor. Dice Lucas que: “el hijo menor, juntando todo lo suyo, se marchó a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente. Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad”. Pidió la herencia y se fue a hacer su vida. Se apartó de su familia libre y conscientemente. Pedir la herencia en vida es algo feo, casi equivale a declarar muerto a su padre. Decirle, “de ti solo me interesa tu dinero”, por eso “dame lo mío”.  

No vamos a justificar nada de lo que hizo el hijo menor. Ni el apartarse de su familia, ni los derroches, ni la mala vida. Pero hay que reconocer una cosa que nos cuenta Jesús: volvió con el corazón cambiado. Lo vivido le ha devuelto una verdad, añora su casa y a su padre, a los suyos. Ha tenido tiempo para recapacitar y valorar todo. Para darse cuenta de lo que perdía y arrepentirse. Se ha dado cuenta de la vaciedad de sus caminos que no iban a ninguna parte. Es un chico joven, probablemente inmaduro. Ha elegido mal, pero está aprendiendo de sus decisiones. “Tu alejamiento te enseñará” dice el profeta Jeremías. Y el hijo menor, que está inacabado y en proceso, está aprendiendo. Su larga experiencia alejándose de su casa, y de los suyos, huyendo de todo lo que odiaba le ha hecho encontrar su verdadera identidad, reconciliarse con ella y querer volver. 

El hijo mayor es harina de otro costal: se indignó y no quería entrar, pero su padre salió e intentaba persuadirlo. Entonces él respondió a su padre: “Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; en cambio, cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado”. Estaba al lado de su padre dice la parábola (lo cual no significa que le amara o hubiera una relación de ternura ni afecto, simplemente “estaba ahí”). Y “cumplía sus órdenes”, era obediente, en el trabajo y también en lo religioso, cumplidor y observante. Podemos decir que -según los criterios de la época- era “bueno”, “buen hijo”. El hijo que todo padre estaría orgulloso de tener. Y sin embargo no es capaz de alegrarse, ni de sumarse a la fiesta de su familia. ¿Por qué? Porque cree que él, que ha sido bueno y no ha dado escándalos, merece más que su hermano. No entiende la generosidad de su padre con su hermano menor. La siente como injusta. Muy seguro de sí mismo, muy enrocado en sus razones, ¡reclama más! Reclama su premio de excelencia, la compensación a tantos años de servicio.  

Es triste ver que el motor del hermano mayor es su interés. Le molesta que se haga fiesta por “el otro” y no por él, que ha sido tan “bueno y cumplidor”. Hay que revisar nuestros conceptos de bondad y maldad profundamente. Porque creemos en un Dios misericordioso que da oportunidades a todos, hasta a los que no me caen bien, o alguna vez me dañaron. ¿Dejaré de entrar yo a la fiesta del Padre porque se haga por ellos? ¿Soy yo una persona en camino, capaz de tomar decisiones, equivocarme y aprender? ¿O voy de justo por la vida y estoy cerrado a ningún aprendizaje? Cuidado con que se nos cuele este prejuicio de superioridad del hermano mayor (por saber mucha teología o llevar muchos años en la Iglesia), no soy más que nadie. Y si no soy capaz de acoger a un hermano y conmoverme con mi hermano que regresa… ¡no he aprendido nada! Me quedaría fuera de la fraternidad, del gozo de la familia que Dios quiere crear entre nosotros. ¡La misericordia nos hace grandes! Ensancha nuestro corazón hasta el “tamaño Dios”, más que la “King size”. Engrandece tu corazón y sé humildemente una persona en camino, por favor, y no juzgues.

Víctor Chacón, CSsR