Domingo IV de Cuaresma: Iluminados y con una lucidez nueva, profundamente creyentes.

 

Libro de Samuel: el Señor dijo a Samuel: «No te fijes en su apariencia ni en lo elevado de su estatura, porque lo he descartado. No se trata de lo que vea el hombre. Pues el hombre mira a los ojos, más el Señor mira el corazón». Esta lectura nos recuerda el amor preferencial de Dios por los pequeños y pobres. Él puede llamar a quien quiera y como quiera. David era un simple pastor y el menor de muchos hermanos, no le esperaba un futuro brillante. Más bien le esperaban ovejas y cabras, y caminatas por el campo a la intemperie. Dios guía a Samuel y le elige. Señalando que fue elegido por su gran corazón y no por su belleza o estatura. Dios descartó a sus hermanos mayores, más fuertes y quizás mejor entrenados que David, al que no se le preparaba para ninguna misión importante. ¿Sé mirar (y mirarme a mí mismo) con los ojos de Dios? ¿O me sumo sin criterio a la mirada superficial del mundo?

Efesios: “Antes erais tinieblas, pero ahora, sois luz por el Señor. Vivid como hijos de la luz, pues toda bondad, justicia y verdad son fruto de la luz. Buscad lo que agrada al Señor, sin tomar parte en las obras estériles de las tinieblas, sino más bien denunciándolas”. Si el domingo pasado el Evangelio nos decía que éramos fuentes de agua viva (conectados a Jesús). Hoy San Pablo, nos recuerda que somos luz por el Señor. Y la llamada es a que esa luz se refleje en nuestras obras, en nuestra vida. Buscar la bondad, justicia y verdad con mis obras, con mis decisiones, en mi manera de relacionarme con otros. No hacerme verdugo de la maldad, esclavo de la injusticia ni siervo de la mentira… Busca lo que agrada al Señor. Y sabes de sobra, tu conciencia lo sabe, aquello que le agrada.

Apártate de los lugares donde te inviten a dejar de ser luz. Pero ten paciencia a las personas que andan apagadas o faltas de luz, a los pecadores. Jesús solo saca el látigo una vez en su vida y en un contexto concreto (su enfado en el templo), pero el resto de su vida, alimenta la paciencia, la serenidad, la no violencia… y esto es lo que ha de dominar en la vida de un cristiano, de un discípulo de Jesús.

Creer o encontrar excusas para creer, hay que elegir. Algunos de Los fariseos comentaban:
«Este hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado».
Ellos no creen a Jesús porque hace milagros en sábado, no respeta esta ley del Sábado. Desacreditan a Jesús por ello. Pero sigue el texto diciendo: “estaban divididos. Y volvieron a preguntarle al ciego: «Y tú, ¿qué dices del que te ha abierto los ojos?». Él contestó: «Que es un profeta». Le replicaron: «Has nacido completamente empecatado, ¿y nos vas a dar lecciones a nosotros?». Y lo expulsaron”. Cuando uno no quiere creer, no va a creer. A Jesús lo rechazan por no respetar al sábado y al ciego, por ser ciego -y en su visión- un pecador grande que atrajo esta maldición sobre sí. Hay que estar atentos para que no nos ocurra como a los fariseos, que sólo aceptan testimonios que refuercen sus prejuicios. Tienen un sesgo claro y fuerte de cómo debe ser el Mesías y de cómo deben ser los creyentes. Jesús no encaja en su molde de Mesías. El ciego tampoco en su molde de creyente. Su respuesta es sencilla: expulsarlos, rechazarlos. Es la lógica del odio y la indiferencia. El evangelista Juan que no es tonto da una razón de peso, los fariseos “estaban divididos”. Algunos querían creer, ante los signos, pero sus prejuicios y la fijación con la ley y apego a sus líderes se lo impedían. La división es signo claro de la presencia del mal (daimon, en griego es divisor). La obra del Maligno o demonio, siempre será dividir, enfrentar, llevar al odio y la violencia. Nosotros pertenecemos a la luz de Dios, y en el mundo de Dios, en su Reino solo ha de reinar la paz que nace de la comunión, de entender al otro como hermano a pesar de sus diferencias. No hacemos litigio por todo, ni frentes, ni rivalizamos… en el reino de Dios tienen cabida todos, pero especialmente los que no caben en otros reinos o élites. Es bueno que nos preguntemos: Y yo, ¿vivo ayudando a la comunión que Dios quiere? ¿discuto con frecuencia, me gusta enfrentarme a otros, quedar por encima? ¿soy capaz de integrar a los diferentes? ¿o prefiero una élite homogénea donde muchos no caben? De estas respuestas depende mucho la calidad de mi discipulado. Seguimos a aquel que salva y unifica, al Príncipe de la Paz. No nos despistemos.

Víctor Chacón, CSsR