
03 Abr Domingo V de Cuaresma: De acusaciones, piedras y perdones. “Tampoco yo te condeno”.
Isaías: «No recordéis lo de antaño, no penséis en lo antiguo; mirad que realizo algo nuevo; ya está brotando, ¿no lo notáis? Abriré un camino en el desierto, corrientes en el yermo. El Dios bíblico ni envejece ni se ata a la historia. Sino que crea y recrea la vida. Es un artista que siempre está contemplando, innovando y aprendiendo. En diálogo con su obra. Al ser humano en cambio nos cuesta liberarnos de la historia, sobre todo cuantos más años se tienen. Nos pesa el pasado: lo que fuimos, lo que hicimos, lo que decidimos… las oportunidades perdidas o malgastadas. ¡tenemos tan buena memoria para recordarnos lo malo vivido! “Mirad que realizo algo nuevo; ya está brotando, ¿no lo notáis?”. Estamos invitados a dejarnos renovar, sanar y perdonar por Dios. Abrirnos a su novedad, a su gracia, a su capacidad de crear lo Nuevo en nosotros.
Juan nos sorprende e impacta con el relato de este domingo, la llamada “mujer adúltera”: «Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. La ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras; tú, ¿qué dices?». Le preguntaban esto para comprometerlo y poder acusarlo. A aquellos hombres no les importaba esa mujer ni su delito, ni tan siquiera la justicia o el honor de nadie. Solo querían poner a prueba a Jesús y llevarle al límite. Cogerle en algún engaño, en alguna contradicción y así tener materia para poder acusarle, humillarle y condenarle. La mujer está ahí pero no es el centro del interés de nadie. Bueno, de Jesús sí. El único que le habla y se dirige a ella es Jesús.
Jesús astutamente capta su intención. ¿Queréis condenarla? Muy bien, pues «el que esté sin pecado, que le tire la primera piedra». ¿Quién está sin pecado? ¿Quién tiene un expediente tan limpio que nunca haya actuado con alguna maldad de pensamiento, palabra, obra u omisión? ¿Quién es perfecto o justo ante Dios? Jesús lleva a los acusadores a pensar en su propia debilidad y pecado, los lleva a la introspección. Y, por muy brutos que fueran, pronto captaron su razonamiento. El único digno de juzgar y salvar o condenar es Dios. Los juicios humanos son demasiado arriesgados, nos faltan demasiados datos. No nos ocurre como a Dios que “modeló cada corazón y comprende todas sus acciones” Sal 32.
Me parece importantes varias cosas: cultivar una mirada sana y reconciliada sobre mi vida y mi historia. Recordando a Isaías: “No recordéis lo de antaño, no penséis en lo antiguo”. Un creyente es alguien llamado a vivir serenamente en el presente, saberse sostenido por la gracia de Dios y empujado hacia delante hacia un futuro feliz, siempre feliz porque está Dios en él. ¿Cuánto hace que no me dejo reconciliar por Dios, que no me acerco al sacramento de la reconciliación? Es importante que nos dejemos perdonar por Dios. Y si Dios me perdona, pero yo no soy capaz de perdonarme, entonces es probable que necesite o acompañamiento espiritual o terapia, una de las dos. Y ninguna es nada terrible, sino parte del largo camino de la vida que a veces nos pone pruebas difíciles.
Excursus necesario: María Magdalena. Por sentido de justicia histórica diremos algo de ella. La vemos, ocupando el primer lugar entre las mujeres seguidoras de Jesús. Su nombre propio era María (que en hebreo significa “bella”), un nombre muy común en la época de Jesús. “María, llamada Magdalena, de la que habían salido siete demonios; Juana, esposa de Cusa, intendente de Herodes, Susana y muchas otras, que los ayudaban con sus bienes” (Lc 8,2-3). Más tarde vino la identificación errónea de María Magdalena con la pecadora que unge con perfume a Jesús. El papa Gregorio Magno, en una célebre homilía pronunciada en la basílica de San Clemente en Roma, el viernes 14 de septiembre del año 591, fijó de una vez por todas, esta identidad errónea. Dijo ese día: “Pensamos que aquella a la que Lucas denomina la pecadora, y que Juan llama María, designa a esa María de la que fueron expulsados siete demonios. ¿Y qué significan esos siete demonios, sino todos los vicios?”. Gracias a Dios san Juan Pablo II corrigió el error histórico y no solo reconoció la santidad de María Magdalena (mal identificada con la adúltera o la mujer pecadora que unge a Jesús), sino que la denominó la Apóstol de los apóstoles, por ser ella la primera mujer en recibir el anuncio de la resurrección y en ir a contarlo a los apóstoles por mandato de Jesús. También la Iglesia corre el riesgo de equivocarse cuando juzga… ¡hasta los papas se equivocan!
Víctor Chacón, CSsR