07 Ene Fiesta del Bautismo del Señor: FORTALEZA Y TERNURA en el enviado de Dios y en ti

La profecía de Isaías nos ayuda a entender cómo era el Mesías que Dios enviaría a su pueblo: “Esto dice el Señor: «Mirad a mi siervo, a quien sostengo; mi elegido, en quien me complazco. He puesto mi espíritu sobre él, manifestará la justicia a las naciones. No gritará, no clamará, no voceará por las calles. La caña cascada no la quebrará, la mecha vacilante no la apagará”.
Hay un equilibrio precioso entre dureza/fortaleza y ternura en la descripción que hace el profeta. Por un lado, fortaleza: “Manifestará la justicia a las naciones”. Y más adelante: “No vacilará ni se quebrará, hasta implantar la justicia en el país”. Será constante e implacable, en su actuación no hay vuelta atrás. Pero, al mismo tiempo, actuará sin alardes ni violencia: “No gritará, no clamará, no voceará por las calles. La caña cascada no la quebrará, la mecha vacilante no la apagará”. Tendrá cuidado y ternura por lo que está débil o frágil. Es hijo del Creador, y enviado suyo, no puede actuar contra la obra de su Padre.
Es bueno que nos preguntemos: ¿Cómo ando yo de fortaleza, decisión, de voluntad firme y criterio con el que elijo lo que priorizo en mi vida? ¿Cómo ando yo de ternura y delicadeza? ¿Soy capaz de tratar a los demás sabiendo que probablemente es más lo que no conozco de ellos que lo que sí?
Decía uno de mis profesores que: es propio de la inteligencia moderar las propias opiniones, matizar, usar cuantificadores: “algunas personas”, “a veces”, “en bastantes ocasiones”, “es frecuente”… Al mismo tiempo es propio de la estupidez humana hablar con arrogancia, absolutizar y ponderar las propias opiniones como totalmente ciertas, sin matices ni sombras. Hasta por parecer un poco más inteligentes nos conviene la delicadeza y la ternura que son afines a la prudencia. Seamos más prudentes y críticos, capaces de no repetir tópicos y consignas de ningún partido, capaces de verificar y de asumir o rechazar lo que no va con nosotros ni con un espíritu verdaderamente cristiano.
El Evangelio de Mateo narra la escena del Bautismo de Jesús con un reparo claro por parte del Bautista: «Soy yo el que necesito que tú me bautices, ¿y tú acudes a mí?». Esto expresa varias cosas: la primera, que Juan se daba cuenta perfectamente de ante quien estaba y de que Cristo, no necesitaba un bautismo para el perdón de los pecados o la conversión como el suyo. Pero Jesús quiso hacerlo así. Ir hasta la cuenca del Jordán, donde él predicaba e identificarse, y ponerse en la fila, junto a toda la gente perdida, pecadora y deseosa de conversión que iba hasta Juan.
Los biblistas aseguran que el hecho en sí del bautismo de Jesús ofrece pocas dudas. Por una sencilla razón: no era fácil sostener y predicar la idea de Jesús como Mesias enviado e Hijo de Dios con poder y gloria y a la vez defender que se puso en la fila de los pecadores, a pedir el bautismo de conversión. Más que sumar, restaría credibilidad, y aun así los evangelios nos lo cuentan porque pasó.
Apenas se bautizó Jesús, salió del agua; se abrieron los cielos y vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre él. Y vino una voz de los cielos que decía: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco». De nuevo, como en la Adoración de los Magos, hay una Epifanía. Una manifestación singular de Dios, de su poder y gloria… de su presencia. Los que lo vieron dan testimonio y así nos ha llegado hasta hoy. El Espíritu se posó sobre Jesús como en forma de paloma. Y la voz del cielo afirmaba a Jesús como ¡Hijo amado del Padre, gozo de sus entrañas! No hay duda que estamos ante el enviado de Dios. Ungido para repartir el Espíritu, para bendecir y sanar, para continuar la acción de la misericordia de Dios. Jesús posee el Espíritu o es poseído y guiado por él. Esto también es buena noticia. Jesús no actúa solo, ni con su solo criterio ni con su sola inteligencia. Actúa con la bendición y el envío del Padre, y con la fortaleza y Amor del Espíritu. Son tres siempre en la vida de Jesús, ahora se revela (pero siempre fueron tres, aunque no se veía): tres cuando Jesús predicaba, tres cuando curaba al ciego, tres cuando perdonaba pecados o cuando liberaba a la adúltera de su condena…
En esta Fiesta del bautismo accedemos a este misterio de la vida de Jesús. Él siempre estuvo y existió profundamente unido a su Padre y al Espíritu. Tú, querido hermano/a, también lo estás por tu bautismo. ¿Actúas tú también como hijo amado, bendecido, consagrado y enviado por él? ¿Actúas dejándote guiar por Jesús, el Padre y el Espíritu? Ésta es tu tarea como cristiano. Ánimo con ella.
Víctor Chacón, CSsR