“Acicalarse por dentro”, Dom. II de Adviento

Una de las tentaciones de las cuarentenas, del teletrabajo y de tanto curso y encuentro en la red como estamos haciendo en este tiempo, es descuidarnos, abandonarnos, caer en el “qué más da”. Y dejar de perder los mínimos ritos de higiene y estética tan necesarios antes de salir a la calle. Muchas personas no se visten para trabajar, o se arreglan solo la parte que se ve, esto es peligroso. Otros han sacado el abono completo al pijama o al chándal dominguero. Esto no debería tener mayor repercusión (mientras cada uno siguiera en su casa) de no ser porque lo que hacemos por fuera refleja no pocas veces lo que pasa por dentro de nosotros. Y puede parecer una tontería y una cuestión de pragmatismo, pero no es solo eso. San Pedro dice en su carta este domingo: “mientras esperáis estos acontecimientos, procurad que Dios os encuentre en paz con Él, intachables e irreprochables”. “Arreglaos con Dios” dice Pedro. Lo mismo que os arregláis por fuera para salir de casa o ir de fiesta, acicalaos también por dentro, poned orden en vuestro corazón. No os dejéis llevar por las rutinas, la comodidad o la apatía.

 

La fe se demuestra en la tenacidad, la constancia y el esmero que ponemos en valorar las cosas que de verdad importan. Yo tuve la suerte de ser educado en la cultura del “domingo festivo”.  El domingo había que arreglarse aun más que a diario, e ir bien presentado a misa y a casa de los abuelos. Esa costumbre infantil arraigó e hizo que en la cuarentena no descuidase ni uno solo de los domingos mi presencia. Vestirse como si fueras a salir de casa, preparar la homilía como si fuera a oírme el Papa, celebrar la misa como si mil personas la estuvieran viviendo y rezando conmigo, aunque estuviera solo y aislado en mi habitación. De lo contrario, con los criterios mundanos (cuidar lo que se ve, buscar impacto y racionalizar esfuerzos) se entra pronto en una espiral de abandono y destrucción. “Lo que el árbol tiene de florido vive de lo que tiene sepultado” dice el soneto de Bernárdez. Así que hermano, párate, haz silencio, revísate y cuídate por dentro. Estos son los mejores caminos que puedes preparar al Señor, hacerle hueco en tu corazón, en tu vida, en tu día a día. Un salmo, una canción, un evangelio, silencio…

 

Acabo mi reflexión con las preciosas palabras de Isaías: “Consolad, consolad a mi pueblo —dice vuestro Dios—; hablad al corazón de Jerusalén, gritadle, que se ha cumplido su servicio y está pagado su crimen”. Estamos en paz con Dios. Porque Dios lo busca y lo declara. Solo necesitamos silencio y acogida de esa paz, porque de otro modo, si no callamos ruidos, ajetreos y preocupaciones no nos daremos cuenta del estado de gracia en que estamos. Estamos siendo bendecidos y no lo sabemos. Y esa bendición que recibimos -como todo en la vida cristiana – no es para acapararla, sino para compartirla. Preparar los caminos del Señor no se hará sin compasión y justicia, sin ocuparnos de aquellos que más sufren y menos oportunidades tienen. Sin este compromiso de fraternidad no podemos decir “Padre nuestro”. Pidamos al Señor que además de espíritu de oración, nos dé espíritu de hijos, es decir, de hermanos. Hermanos que pueden llamarle en verdad “¡Abba, Padre!” al igual que Jesús, nuestro Hermano mayor.

 

 

Víctor Chacón, CSsR