Aprender a confiar en Él, Domingo VI del T. O.

 

¿En quién apoyas tu vida? ¿en ti mismo? ¿en los demás? ¿en Dios? Cierto que cada persona ha de tener una buena y sana confianza en sí mismo. Pero eso no basta. Aunque nos vendan el mito del luchador que puede superar todas las batallas solo, eso no es real. La inmensa mayoría de humanos necesitamos apoyarnos en otros para superar muchas batallas. Somos seres profundamente dependientes desde que nacemos, necesitamos del cuidado y atención de mucha gente: padres, profesores, educadores, catequistas, otros familiares y, por supuesto, amigos! Nadie se forja solo tipo “Mogli” en el Libro de la Selva. Hasta Mogli necesitó animales con los que interactuar.  El aislamiento deja secuelas. Confiar no es optativo para el ser humano. Es una necesidad. Como respirar. Estamos hechos de personas como dice un famoso cantante “estoy hecho de pedacitos de ti”.

¿Qué ocurre? Pues que conviene que la casa tengan buenos cimientos. Sólidos, fuertes y perdurables. Y el ser humano es por tendencia natural frágil e inconstante, no siempre fiel, no siempre amigable y amante. Por eso dice Jeremías: “Maldito quien confía en el hombre, y busca el apoyo de las criaturas, apartando su corazón del Señor”. Si solo te apoyas en personas es fácil que tu vida se tambalee de vez en cuando, y alguna vez ¡te puede faltar hasta el suelo firme! Por eso el profeta invoca: “Bendito quien confía en el Señor y pone en el Señor su confianza. Será un árbol plantado junto al agua, que alarga a la corriente sus raíces; no teme la llegada del estío, su follaje siempre está verde; en año de sequía no se inquieta, ni dejará por eso de dar fruto”. Dios no falla, ni abandona, ni deja de sostener e iluminar con su presencia y su Palabra nuestra vida. Pero hemos de dejarle entrar y de pedir que se convierta en nuestro fundamento, nuestros cimientos. Él es muy respetuoso y no lo hará si no se lo pedimos.

Lucas nos sorprende con esta predicación de Jesús en la llanura, las Bienaventuranzas. Él le da su enfoque peculiar. “Bienaventurados los pobres, porque vuestro es el reino de Dios”. Lucas habla sin más de “pobreza”, en hebreo “tojoi”. Es la carencia absoluta. Y habla de aquel que no tiene nada y por eso puede esperarlo todo. No se apoya en sí mismo y por eso, puede y sabe apoyarse en Dios, lo espera todo de Él que no defrauda. Por eso los pobres poseen el reino de Dios, ellos lo esperan y creen en él con verdadera ansia. Así ocurre con el hambre, el llanto y el odio. Pueden ser una bendición si transforman la vida en búsqueda, en lucha, en sueño con una situación colmada de Dios, en sus manos buenas y grandes de Padre. Pero Lucas no se detiene ahí y lanza sus “malaventuranzas”: ¡ay de vosotros, los ricos, porque ya habéis recibido vuestro consuelo! ¡Ay de vosotros, los que estáis saciados, porque tendréis hambre! ¡Ay de los que ahora reís, porque haréis duelo y lloraréis! ¡Ay si todo el mundo habla bien de vosotros! No siempre estar en posición de privilegio es una ventaja real. A veces distrae, acomoda, priva de una búsqueda sincera de un bien mayor, de la Plenitud y de la fe. Ojo a las actitudes que se nos cuelan de saciedad, de confort, de bienestar, de “yo de aquí no me muevo”. Lo mejor de la vida está siempre por venir, si eres creyente es así seguro… si no lo eres, lo siento, te pierdes el final guay de la película.

Víctor Chacón, CSsR