Aunque no sea de los nuestros, “no se lo impidáis”. (Dom XXVI del T.O.)

 

En aquel tiempo, Juan dijo a Jesús: «Maestro, hemos visto a uno que echaba demonios en tu nombre, y se lo hemos querido impedir, porque no viene con nosotros». ¡Qué razonamiento tan humano tiene Juan! ¿Cómo vamos a permitir que otro haga los mismos milagros que tú? “¡No puede ser! Nos quitará la clientela” podían decirse los apóstoles. Están eclipsados por Jesús, por su bondad, por su poder, por sus milagros, por sus palabras. Esto es muy humano. Han proyectado en el Maestro todo el bien posible, lo han subido a un altar, comienzan a seguir literalmente sus palabras y deseos, sus búsquedas. Y cuando uno está eclipsado, hay un astro detrás que no ve cegado por la grandiosidad de aquello que tiene delante. Así que prefiere su sueño totalizante, que admitir que también hay bondad o sanación, fuera de Jesús. Jesús no tiene un liderazgo absorvente, violento y excluyente, por eso responde así:  “No se lo impidáis, porque quien hace un milagro en mi nombre no puede luego hablar mal de mí. El que no está contra nosotros está a favor nuestro”. Jesús posee una lógica aritmética muy clara: sumar y no restar, multiplicar y no dividir. No se lo impidáis. Si está haciendo algo similar a nosotros, si rema en el mismo sentido, ¡no va en contra! Qué maravilloso poder de integración tenía Jesús, capacidad para conectar con otros, para detectar afinidades, posibles encuentros, puntos en común. ¡qué necesario es hoy para la Iglesia redescubrir esta lógica aritmética, esta capacidad de integración, de colaboración! Estamos llamados no a vivir eclipsados por nuestra fe, sino a desarrollar la capacidad de encontrar vestigios de Dios , de su Luz, de su Gracia, de su Amor y su Bondad en todo aquello que nos rodea y en lo que Él ha puesto su sello inconfundible. Todo cuanto existe es obra de sus manos y en su profundidad esconde algo bueno del creador.

Aunque todo es creado Bueno, no todos son buenos siempre. A veces pervertimos la belleza, la bondad y la luz. Hay personas que se ven dominadas por el mal en cualquiera de sus formas: violencia, ambición, egoísmo, odio, tiranía… El evangelio habla con palabras duras como pocas veces: “El que escandalice a uno de estos pequeñuelos que creen, más le valdría que le encajasen en el cuello una piedra de molino y lo echasen al mar”. No todo vale. Todo es perdonable, pero hay cosas que machacan la dignidad humana de quien las sufre y de quien las hace. Nos hace perder el sello divino, apartarnos totalmente de su luz. Conocemos estas situaciones: abusos, escándalos, incoherencias flagrantes de quienes eran figuras de autoridad y muy amados y respetados. ¡Qué daño puede hacer quien es tan amado y respetado si usa mal su poder! Da igual si es padre o madre, pastor, jefe o líder… el descalabro es total. El daño inaudito. El mal hecho necesitará mucho bálsamo, mucho tiempo y mucha misericordia para ayudar a sanar. Es una advertencia muy seria la que hace Marcos que nos llama a una vivencia humilde de la fe: poco a poco, paso a paso, con serenidad, con espíritu creciente. No con arrebatos místicos y luego con “parones espirituales”. Decisión, constancia, entrega al Señor y a los hermanos en lo pequeño, en lo cotidiano. Sigue a Cristo y no a ningún sacerdote, aunque haya líderes que durante un tiempo te iluminen especialmente. Cree en el Evangelio y no te ates a una única forma de amar o servir, hay otras formas valiosas donde el Espíritu también sopla y a las que te puede llamar. “No se lo impidáis”. Construye -con la ayuda de Dios- despacio y sólidamente tu fe.