Esperar al señor o no esperarle. Domingo XIX del T. O.

 

Que la fe, don de Dios, pide en nosotros una respuesta parece algo sencillo de asumir. Pide un cambio de vida, de costumbres y actitudes, pide acogida serena y esperanzada. Desde ahí se puede entender bien el inicio del Evangelio de Lucas de este domingo: “No temas, pequeño rebaño, porque vuestro Padre ha tenido a bien daros el reino. Vended vuestros bienes y dad limosna; haceos bolsas que no se estropeen, y un tesoro inagotable en el cielo, adonde no se acercan los ladrones ni roe la polilla. Porque donde está vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón”. ¿Cuál es nuestro tesoro? ¿Qué es lo más valioso de nuestra vida? Eso que cuidamos y nos esmeramos por proteger y defender. Donde esté eso, estará también nuestro corazón. Es una cuestión de coherencia, uno puede hacer siempre grandes discurso sobre “los pobres  -válganos de ejemplo- como lugar teológico sagrado donde está presente Cristo”, pero si no dedica ni tiempo ni nada de sus bienes a ayudar a los pobres, su religión es vacía, hueca, palabras vanas. A veces nos pasa igual con nuestros grandes valores y opciones…la familia, la fe, el servicio a los demás, la misión, Dios… ¿Cuánto dedicamos a cuidar y alimentar esos tesoros? ¿O estamos acaso alimentando otros tesoros que no figuran en la lista pública y les damos el corazón?

Por eso la invitación de Jesús es muy clara: “tened la cintura ceñida y las lámparas encendidas, como el empleado fiel que espera que llegue su señor en cualquier momento y le sirve”. Una actitud de vigilancia, de espera, de deseo sano y santo. No es temor ni miedo, sino saber que han confiado en ti una tarea, una responsabilidad, y que el Maestro espera que seas fiel. Esta vigilancia y espera impide caer en el cristianismo cómodo y confortable en el que muchos viven, “creyentes pasivos”, consumidores de sacramentos, pero que no aportan ni construyen nada en la comunidad, no se relacionan, no viven su fe con otros, ni tan siquiera saben el nombre de muchos hermanos de su propia comunidad parroquial donde siempre van a misa. Cristianos de cumplir preceptos, pero no de vivir según lo que Jesús pide de nosotros en su Evangelio. Ojo a esta actitud comodona y facilona de ponerse en el centro de la fe y hacer las cosas (ritos, oraciones, voluntariados…) para sentirme bien yo, y no buscando responder a lo que Dios me pide, a su voluntad, que pasa siempre por los hermanos, por la comunidad.

Él te dio los dones y él te reclamará cuenta de tu ejercicio, de tu manera de gestionarlos. “Al que mucho se le dio, mucho se le reclamará; al que mucho se le confió, más aún se le pedirá”. Se nos anima a vivir la fe con conciencia, con sentido de responsabilidad. La fe implica a la vida, y la vida implica a la fe. Nunca dejamos de ser creyentes y discípulos del Señor, a cualquier hora, en cualquier momento, en cualquier lugar, estamos siempre invitados a ser sus testigos.

Víctor Chacón, CSsR