Un perdón que genera vida y resurrección. Domingo XXIV del T. O.

 

“Perdona la ofensa a tu prójimo y, cuando reces, tus pecados te serán perdonados. Si un ser humano alimenta la ira contra otro, ¿cómo puede esperar la curación del Señor?”. Cosechamos lo que sembramos. Crece en nuestra vida aquello que plantamos y alimentamos… así que ojo a aquello que dejamos crecer o toleramos en nosotros, se podría volver en nuestra contra. Una existencia anclada en el rencor o el resentimiento nunca va a dejar vivir en paz, ni ayudar a un equilibrio personal y humano. El resentimiento y la ira son como un condimento fuerte que tiñe y contamina con su sabor y color todo lo que toca… es difícil desprenderse de él, sobre todo si se dejó mucho tiempo en la cazuela.

Salmo 102 o un himno a la misericordia compasiva de Dios: “Él perdona todas tus culpas y cura todas tus enfermedades; él rescata tu vida de la fosa, y te colma de gracia y de ternura. No está siempre acusando ni guarda rencor perpetuo; no nos trata como merecen nuestros pecados ni nos paga según nuestras culpa”. Se rompe la idea de un Dios vengativo o justiciero, de un dios que esté esperando para pasarnos la factura. Se da una preciosa visión del perdón como sanación, rescate, gracia y ternura del padre que nos ama. No es un Dios “equilibrado” ni que esté calibrando al milímetro aquello que merecemos o no, no le guían nuestros méritos porque “no nos trata según nuestros pecados ni nos paga según nuestras culpas”.

«Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces? Jesús le contesta: No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete». Siete es el número tradicional de la perfección. Así que Pedro, lo que está preguntando es si él está obligado a un perdón perfecto. Lo que no se esperaba era esa respuesta: no perfecto, sino perfectísimo 70 veces 7. Ilimitado, infinito, innumerables veces si fuera necesario. Es una respuesta programática, no pragmática. Es el programa de Jesús. Es la misericordia que vence al que ofende y daña. Aparta la vista del mal y devuelve una sonrisa.

Para aquellos que han visto o leído Los miserables de Víctor Hugo es la escena del obispo que acoge en su casa al expresidiario sin temor. Y le da cobijo y cena caliente. Y es robado por él en la noche. Y cuando los militares le traen de vuelta para que lo acuse, el obispo no lo acusa… sino que le dice: “Te olvidaste los candelabros de plata”. “Son buenos y podrían darte algo por ellos”. La cara del ladrón se transforma. No entiende lo que está pasando. Se ha roto toda lógica. Por primera vez el mundo no le castiga y no se ceba contra él. La suerte le sonríe. Es un perdón desbordante, más allá de toda lógica humana. Un perdón que genera Vida y da una nueva oportunidad. Un perdón que es resurrección, pues si el pecado es muerte… el perdón que viene de Dios, claramente resucita. Y nosotros, hijos de Dios, tenemos el poder de resucitar que nos viene del Padre, de su Hijo Vivo y del Espíritu. ¿A cuántas personas que nos hirieron hemos resucitado ya? ¿Cuántas nos quedan aún por resucitar?

Víctor Chacón, CSsR